Que el silencio no nos haga sordos.
Recuerdo un examen de Latín, en el colegio un Otoño de hace unos cuantos años.
El profesor era una persona sumamente inteligente, acumulaba una cantidad de contenido sorprendente, y su faz reflejaba el desespero de un estudiante que adoraba aquello para lo que se había preparado.
Este profesor, pese a ello, era subestimado por los alumnos, pues no era tomado enserio en ningún caso y su autoridad se equiparaba a la de la fregona tras la puerta.
Los profesores le ignoraban en muchos casos, y en los concursos se limitaba a mantenerse con los brazos cruzados, custodiando a diario en el recreo con un bocadillo de lo que parecía chorizo.. De vez en cuando, se acercaba lentamente a algunos alumnos, pretendiendo ser ese profesor interesante con quien hablar, no obstante daba imagen de ser un cordero asustado y amedrentado ante una jauría de lobos que solo esperaban una desafortunada frase.
Tanto era así, que las alumnas del recreo confundían sus miradas cómplices y perdidas en coqueteos, y lo comentaban entre su grupo de amigos. Aunque ello no parezca real ni para la peor telenovela de viernes por la tarde.
A mediados del examen nombrado, el cordero de la mirada perdida se equipó con la chaqueta de hiena, aunque esta le quedara pequeña y arremetió contra un alumno que miraba de forma discreta la hora en su reloj, al parecer confundiéndolo con uno de tantos intentos de engaño para aprobar que sucedían en el aula de 4º de la ESO.
Su examen fue retirado, su dignidad humillada, todo ello sin mediar palabra.
Este alumno esperaba paciente, pues estaba confundido, y esperaba una respuesta diferente.
Cuando las evaluaciones fueron entregadas, entró con miedo y su nombre fue aclamado por el profesor después de toda la lista de alumnos.
Tomó lo que era hasta ahora su examen leyendo un triste 4 sobre 10. Ante esta respuesta desconocida y frustrante, el pupilo envainó su bolígrafo con determinación y nervios y ajustó la que a él le parecía la nota correcta, puesto que desconocía el motivo de reducir hasta en 3 puntos la nota de su evaluación.
Desconcertado, el profesor arrebató la hoja garabateada, mientras el alumno con la mirada focalizada en su Tablet, en forma de túnel y repleta de odio ante el desconcierto que provoca el enfado por una situación abiertamente injusta.
Se levantó, y mientras todos sus compañeros de clase observaban pacientes y levemente motivados, comenzó a citar argumentos que respaldaban su posición, y aunque todos estuvieran seguros, incluyendo al cordero, de que el alumno tenía razón, era como lanzar salvas de honor, sin puerto ni rumbo…
Como todos sospechaban, los cañones fueron ignorados. El ambiente era sombrío, no sólo porque las luces del aula no estaban encendidas, sino también, porque el que debía asumir la decisión de la autoridad, se había puesto en contra de ella, aún sabiendo que no iba a conseguir nada.
El resultado ya es conocido por todos, y no sorprende que efectivamente la nota no fuera variada… Pues ello iba más allá de una decisión por una mirada a un reloj, era una demostración de autoridad ante todo el colegio y grupo de profesores.
Era un sordo intentando escuchar un concierto, era un mudo intentando cantar, era un cirujano sin manos, todos ellos en el cuerpo de un profesor ignorado y que tomó como cabeza de turco al único alumno que valoraba por encima de su ignorancia, su inteligencia.
El profesor con mirada de cordero y chaqueta de hiena no es solo un personaje de un aula, sino también un reflejo de la realidad en la que vivimos. En España, Pedro Sánchez se ha configurado como la persona que intenta y consigue establecer su autoridad no con mérito, sino con demostraciones vacías y medidas que dejan en evidencia donde se sitúan sus prioridades, en las que no se encuentra el ciudadano, sino como el profesor, demostrar que existe.
Vivimos bajo un gobierno que predica la igualdad, pero practica el autoritarismo, a través de pactos ocultos. Cada medida polémica es solo un recordatorio de que no vivimos junto a la política, sino bajo ella. Y dándole una comparación con Venezuela y Nicolás Maduro deja parecer demasiado para pasar a ser una clara advertencia.
Maduro, como Sánchez, no llegó al poder con la intención de afectar a la libertad individual. Ambos se presentaron como líderes que venían a salvar sus respectivos países, a proteger a los desprotegidos, y a lograr derechos. Pero como en cada historia similar, sus acciones han relatado una realidad diferente: Control, sutil que se transforman en cadenas de corrupción y secuestros de instituciones, con aliados más que cuestionables que de nuevo establecen su victoria en base a su beneficio propio y jalean medidas que de ser efectivas, generarían la controversia suficiente como para dinamitar la convivencia.
Es irónico que mientras los socios de Pedro y su partido destacan los abusos de la dictadura, colaboren mano a mano con su líder en medidas similares. Pactos con formaciones que buscan separar España, o leyes que limitan la libre acción individual son el equivalente político al profesor que humilla al alumno que no obedece sin cuestionar.
En Venezuela la excusa era la justicia social, en España, lo era el necesario progreso, pero el resultado comienza a parecerse demasiado. Medios de comunicación que actúan como comunicadores, opositores que son tratados como enemigos patrios, y una población que cada vez percibe más que su futuro está tomando un rumbo que nadie eligió.
Y como en el aula, el ambiente se vuelve sombrío. No por las medidas en sí, sino porque los ciudadanos comienzan a darse cuenta de que no solo está en juego no es una simple política, y un simple cambio de rumbo en el país, sino la misma libertad añorada por todos.
Sánchez como maduro entiende que el autoritarismo no se impone de golpe, sino que se construye de a poco, disfrazado de real decreto, de necesidad, legitimado por el silencio y el silenciar. Pero a diferencia del aula, donde el alumno apenas podía levantar la voz y citar aquello que necesitaba y le beneficiaba para salvar su nota, nosotros como ciudadanos podemos disponer de alzar la voz y exigir una democracia real, y anteponernos a un futuro incierto.
La historia nos dice que la libertad se conquista con determinación.
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