“Qué bien miente, parece político”
“Qué bien miente, parece político”
Tengo un grupo de amigos reducido. Siempre me he interesado por temas que, como decía mi madre, no deberían interesarme, incluso rozando el límite de: Eres demasiado joven para saberlo.
En un grupo de amigos, siempre hay roles como el gracioso, el guapo, el listo o el ignorante. Yo siempre he ocupado el rol del que aporta un dato no relacionado con el tema de conversación en ese momento.
En los estudios, nunca destaqué. Mis intereses solían distar de los temas expuestos en clase, pero no tuve dificultades para aprobar las materias, lo que a veces podía interpretarse como desinterés deliberado. Desde pequeño, mis intereses se orientaron hacia el derecho y la política.
Admiraba profundamente a mi madre, abogada de profesión, quien se distinguía por su inconformismo y habilidad para persuadir en las discusiones. Su capacidad de argumentar lograba captar la atención de quienes la escuchaban. Ella siempre respetó el secreto profesional, pero colaboré con ella, aprendiendo terminología y reflexionando sobre el concepto de justicia. Recuerdo especialmente su respuesta a mi curiosidad: “La justicia no existe, Pablo. Es algo relativo; lo justo es aquello que alguien considera justo, pero debemos procurar que sea lo menos dañino posible.” Esta perspectiva me llevó a cuestionar la objetividad del sistema judicial.
También admiraba a los líderes políticos de antaño, cuyos discursos llenaban los telediarios y animaban las comidas familiares, aunque muchas de sus palabras me resultaban desconocidas. Sin embargo, despertaban una curiosidad que con el tiempo se transformó en interés activo.
Más adelante, participé en los cursos Future Talents en EDEM, donde destacados profesionales destacaron mi habilidad en oratoria, especialmente para estructurar discursos improvisados de manera interesante para el público.
Estos factores, tanto personales como familiares, cimentaron mi interés por la política, aunque con frecuencia he escuchado frases como: “Pablo, ya estás con la política”, lo que refleja un aparente desinterés general por parte de la juventud hacia este ámbito. Sin embargo, considero que este desinterés es aparente y limitado a lo teórico.
En términos prácticos, los jóvenes están involucrados en la política aunque no lo perciban, ya sea a través de temas como el acceso universitario, ayudas al estudio, vivienda o seguridad. Sin embargo, la desconexión con los programas electorales de los partidos políticos es evidente.
Cuando hablamos de política, pueden hacerse dos lecturas. Por un lado, su definición formal: “El conjunto de actividades asociadas con la toma de decisiones en grupo o las relaciones de poder entre individuos.” Por otro lado, desde una perspectiva popular, la política se percibe como: “Ese grupo de personas que gritan en el Congreso.” Esta visión se agrava con expresiones como: “Qué bien miente, parece político” lo que evidencia la desconfianza hacia quienes ostentan el poder.
Esta desconexión entre los ciudadanos y la clase política se debe, en parte, a la comunicación vacía de los partidos, limitada a estrategias superficiales como videos en TikTok, que rara vez generan interés real. Esto refuerza la distancia entre los líderes y los votantes, y fomenta la percepción de los líderes políticos como figuras más enfocadas en sus intereses que en los de la ciudadanía. En este contexto, los partidos extremos ganan tracción al posicionarse como opciones rebeldes, aunque su comunicación sea igualmente distante.
Durante mis cursos en EDEM, aprendí la importancia de escuchar antes de hablar, atender las necesidades del público objetivo y evitar discursos vacíos. Estas lecciones parecen ausentes en la estrategia de comunicación de muchos partidos tradicionales.
En lo personal, deseo que la política deje de ser un tema tabú en las reuniones sociales y se convierta en una herramienta para fomentar el cambio y la mejora continua de nuestra sociedad.
Otro problema clave es la falta de medidas reales para la juventud. Por ejemplo, resulta incoherente que un menor no sea penalmente responsable, pero pueda tomar decisiones con consecuencias graves, como la paternidad.
Es necesario dejar de tratar a los jóvenes como si fueran rebaños dirigidos por pastores que temen a un supuesto barranco. El campo por el que pretenden guiarnos ya no tiene más forraje. Los jóvenes necesitamos explorar ese bosque, y si alguno de nosotros cae por el barranco, entonces sí, espero que estén disponibles para ofrecer la ayuda que necesitamos.
De hecho, no solo deberían permitirnos explorar, sino también impulsarnos a hacerlo y abrir la puerta para que salgamos con oportunidad. Aunque sabemos que, si caemos, muchos se limitarán a culpar al vecino y esperarán que el resto de las ovejas intervengan, tal vez más tarde, pero con mayor eficacia.
No podemos continuar en una situación donde muchos desconocen las oportunidades a su alcance, carecen de apoyo más allá del familiar y enfrentan barreras para desarrollarse plenamente. Es fundamental abrir puertas que permitan a la juventud avanzar con autonomía, pero con el respaldo adecuado en caso de fallar.
El fin último, es y será llegar al bosque.
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