Que el silencio no nos haga sordos.
Recuerdo un examen de Latín, en el colegio un Otoño de hace unos cuantos años. El profesor era una persona sumamente inteligente, acumulaba una cantidad de contenido sorprendente, y su faz reflejaba el desespero de un estudiante que adoraba aquello para lo que se había preparado. Este profesor, pese a ello, era subestimado por los alumnos, pues no era tomado enserio en ningún caso y su autoridad se equiparaba a la de la fregona tras la puerta. Los profesores le ignoraban en muchos casos, y en los concursos se limitaba a mantenerse con los brazos cruzados, custodiando a diario en el recreo con un bocadillo de lo que parecía chorizo.. De vez en cuando, se acercaba lentamente a algunos alumnos, pretendiendo ser ese profesor interesante con quien hablar, no obstante daba imagen de ser un cordero asustado y amedrentado ante una jauría de lobos que solo esperaban una desafortunada frase. Tanto era así, que las alumnas del recreo confundían sus miradas cómplices y perdidas en coqueteos, ...